lunes, 19 de julio de 2010

Las leyes físicas del hoy.

Donde están mis sueños, está mi paz. Donde no me reconozco, donde se estrella el mar, en alguna orilla, en alguna costa, por ahí es que voy a estar.

No creo soportarlo, no siento ser capaz. No creo soportarlo más. El mundo, el humano, el hombre racional, la bestia animal. No soy parte de la dicotomía, por aquí no es mi lugar. No encuentro ya el sentido de luchar por respirar.

Lo siento padre mío. Lo siento mamá. El mundo en el que vivo, en éste mundo, no puedo respirar. No soporto el conformismo, no tolero el esquema que el sistema me devenga, de la máquina me alberga. No soporto el olor a calle, no tolero la indiferencia, no soporto el humano robotizado que camina a mi lado. No tolero la deshumanización, no soporto la descomposición, que la sociedad ahora chupa, que el dinero ahora eructa. No soporto el fétido aliento, de los centavos que tiñen de rojo todas nuestras manos. No conforme busco y no encuentro, un camino, un sueño. Pero no logro conciliarlos, se tiñen del cobre de los centavos, se untan del orgasmo colectivo que no advierte a sus vecinos. No convivo en la orgía, del dinero y de la hipocresía. Y lo siento padre mío, y lo siento madre mía. Os admiro enormemente, por aquella osadía, que supone traer a éste mundo a un ser a que sobreviva. Entre miles y millones de personas que en el día, se comportan y se rigen por vanas reglas y cortesía. Que en las noches se embrutecen, con cuanta droga y alcohol encuentren, que se masturban en silencio, que así sobrellevan todo éste tedio. ¿Por qué cuán más vernáculos seremos? Hijos siniestros del consuelo, de la excusa, de la estupidez más absurda, nos levantamos esclavizados, por la hora que marca el tiempo. Producimos como animales, aramos las calles de las ciudades. Asimos alegres un verde fajo, de insulsos dólares que no son nuestros. Son de todo aquello cuánto debemos. Y no creo tolerar el siniestro, de un mundo capitalista que no reconoce la crisis del medio. De un libre cambio exclusivo de quienes tienen el poder del cambio. A quienes culpo de todo el mierdero. En el que como puercos nos revolcamos, buscando en el fango nuestro alimento. En el vómito colectivo, un ideal que se ha perdido. Porque el sistema es obsoleto, niños se mueren a cambio de esto. De un experimento que ha fallado, y millones de pruebas lo han demostrado, mujeres violan, niños que lloran, hombres que matan, amores que fallan. No queda nada para mí en éste mundo. Y lo siento padre mío, y lo siento madre mía. Mi valentía se quedó corta, no creo sea mala la siguiente vida. Tenía razón quién se atrevía a juzgar de muerte cerebral a mi vida. Tenía razón quién me juzgaba de espíritu quebrado, de vida vaga. Pero placeres los he tenido, a eso creo me arrastraron los sonidos. Los gemidos que he dado fueron adverbios afirmativos. Todos sinceros, nada he fingido. El mundo que miente y duerme. El mundo que mata hiere. El mundo me ha escupido. El mundo me tiene vivo. El mundo que ahora miro, el mundo que ahora río, el mundo que ahora lloro, el mundo que me ha afligido.

Cuando era chico solía creer en la idea de un mundo. Solía soñar con ser marinero, mejor pirata. Cuando era chico, solía pensar que no importaba la plata, que había un cielo, que acá cabían mis sueños. Cuando era chico creía en lo incierto, era feliz y era ciego. No había piezas faltantes, no había piezas sobrantes, no había hambre, no había estruendos. Todo armonizaba, todo pertenecía y correspondía al tiempo. Cuando era chico, no había dualidades, no entendía lo que decían de los bienes y de los males, no había remedios porque es que no había enfermedades, solo un par de fiebres y de gripas, nada grave. Me sentaba de espaldas a lo cierto. Me sentaba de espaldas a los rifles que ese hombre utilizaba, para cazar patos y conejos. No miraba el concreto, que inundaba mi parque y mis juegos. Yo era el dueño de mi bosque, yo era el dueño de mi tiempo. No le tenía miedo a la noche, ni a los dulces que me ofreciesen, no había duelo. No entendía que era la muerte, no sabía a ciencia cierta que sería la suerte, pero jugaba y disfrutaba. Cuando era chico yo adivinaba la fecha que correspondiese y siempre era correcta y siempre le atinaba. Por ejemplo nunca era lunes, casi siempre escogía el viernes, aunque el sábado me quejaba por ser judío no lo esperaba. El domingo tampoco me gustaba, ese cuento de los padres en la casa, de mis amigos con sus lindas prendas caminando hacia la iglesia… Cuando era chico era mi tiempo, eran mis sueños, era mi dueño. Ahora yo solo duermo, para soñar con aquellos tiempos. Para soñar con mis pequeñeces, con el lagarto verde, con el sapo morado, con mi primer diente, con el pastel bien decorado, con el postre de los viernes, con el amarillo reluciente. Con mi camiseta favorita, mis botines hechos trizas, con la cocinera estofada, con mi gato, mi perro, y mi almohada. Me despierto en lo incierto, que por cierto, ni yo entiendo. Me despierto no creyendo, me despierto sin mis sueños. Me despierto empapado, llorando como un niño desalmado que se sopla la rodilla que trastabilló contra el piso. Me despierto como un niño que recién tuvo una pesadilla, pero la pesadilla es despertarme es volver a ésta buhardilla. Me despierto sin mis sueños. Mis sueños los absorbieron hace tiempo.

No entiendo por qué el sistema nos otorga tanto conocimiento. Porque el relativismo se pavonea en mis consuelos. Porque si, si este tiempo y si mi masa son relativas, podré llevar al nunca y al siempre a mi energía. Así que lo siento padre mío, y lo siento madre mía, no soy más que una esquirla del silencio, del mutismo de los muertos. No soy más que un grito ahogado, al que el volumen ha abandonado. Y me rehúso a entenderlo, no hay eco en el silencio.

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